LA SOCIEDAD VITORIANA DE LOS CINCUENTA

Esta es la primera vez que la entrada es un “corta-pega” de algo realizado por otra persona en este blog (y espero que no sea la última ya que este blog no me pertenece, son historias que pertenecen a la ciudad y sus habitantes, y se han conformado gracias a todo ellos). La razón es que no me he atrevido a “resumir” algo tan vivido en primera persona como este escrito del Dr. Jose Antonio de Apraiz Oar, un VTV de los de verdad, de los que aman la ciudad por ella misma (no de los que se sirven de ella para “chulear”). Al Dr Apraiz le conoce media Vitoria-Gasteiz, estoy seguro: unos porque han sido sus pacientes, sus compañeros de trabajo, sus vecinos, sus amigos, sus admiradores… La mayoría seguramente le conocen por ser un médico reconocido, el jefe de “trauma” de Santiago, pero además de eso es un alavés que ha paseado su vitorianismo, alavesismo y vasquismo por mil sitios en su faceta de médico en EEUU y en su faceta de gran deportista alavés que consiguió récords y más récords en muchas y diferentes disciplinas (ver al final de la entrada una pequeña biografía muy resumida, aunque estoy seguro que no tardaré mucho en hacer una biografía más completa para este blog).
Por todo eso, este escrito que, con su permiso, publico aquí, es algo que ningún alavés que necesite saber algo de la historia del siglo XX, debiera dejar de leer.   Eskerrik asko Dr. Apraiz.
Va le texto, disfrutadlo:

“LA  SOCIEDAD  VITORIANA DE LOS CINCUENTA” 

GUÍA PARA MENORES DE SESENTA AÑOS
El precedente “algoritmo” sobre la distribución del poder en Vitoria de los años cincuenta es auto explícito para los que teníamos “uso de razón” en aquella época. A los que su DNI sitúa como niños o nonatos en aquellos años les proveo de esta pequeña guía.
La ciudad de Vitoria de los cincuenta con 60.000 habitantes, pasó la tercera Guerra Civil (incivil digo yo) con más pena que gloria. A partir del fusilamiento, ¿por qué esperar tanto?, de once de los doce concejales el 30 de abril de 1937 (sólo se libró, el republicano liberal, Tomás Alfaro Fournier, definido republicano liberal, porque su mujer era aristócrata) y del asesinato por el sistema de “saca de la cárcel del presidente de la Comisión Gestora Provisional de la Diputación, Telesforo Olarte , el 18 de setiembre del 38, persistieron las deportaciones, castigos, y persecuciones “normales” de cualquier posguerra incivil, pero la idiosincrasia de la ciudad antigua y señorial como el fado de Lisboa y culta como la Atenas del Norte, o, como muy bien recuerda A. Ribera en su “Vitorianismo”, pacífica y obediente, no cambió del todo hasta los sesenta con la llegada (bajada) de las industrias guipuzcoanas y vizcaínas, francesas y alemanas, acabando la sumisión que empezara con la venida de mano de obra “anarquista” a las obras de la catedral a fines del XIX.

Estructura de los capítulos:

CAP.1. LA DISCRETA BURGUESÍA:

Eran lo que eran. La mitad discreta, y la otra mitad adicta al régimen.
Sus negocios, los de los Abreu-Apellaniz (muebles), Ajuria (maquinaria agrícola), Alfaro-Fournier (imprenta), Aguirre (muebles), Alberdi (confitería), Alonso (cueros y hebillas), Aldama (paños), Apellaniz (galería de pintura y muebles escolares), Aranegui (cristalerías y purpurinas), Aranzabal (fundición), Armentia y Corres (fundición), Bolumburu (mármoles), Bonilla, (muebles) Crespo (pinturas), Eguinoa (muebles), Gauna (velas), Eguinoa (muebles), Hueto (yemas y turrones), Ibarra (sastrería), Ibarrondo (cafés y perfumes) , Ibargoitia (muebles) Lascaray (jabones), Linacero (libros), Miñón (paños, primer ”goretex” en el estado para el Everest), Orbea (cartuchos), Sanchiz Bueno (electro metalurgia) o Saracho (uralitas), entre otros, eran empresas y comercios familiares, de mediana envergadura, ninguna empresa tenía más de 100 obreros. La mitad se dedicaban a la industria del mueble, siendo patente mundial las sillas de Eginoa y las velas de “Los Gauna”. También había en los 50 familias dedicadas a la ropa, que siguieron hasta muy recientemente. Así, además de Ibarra (sastres) estaban los Estíbaliz, Irazu (almacenes) y Castresana (confecciones) y a la guarnicionería (Troconiz, Uriarte).
En otros gremios los “Mendi”, en Prado 2, fueron peluquería, tienda de novelas de alquiler “El Coyote” y ahora, cien años después, de nuevo revistas y periódicos.
Los Aguiriano tenían el bar “Las dos Hermanas” donde José Antonio Aguiriano entre chiquito y chiquito se hizo abogado y alto cargo de la OIT en Lausana. A unos periodistas de Madrid que le vieron leyendo derecho romano detrás de la barra les asombró y luego en el periódico comentaron que sí, que Vitoria era la Atenas del Norte donde hasta los camareros leían obras clásicas.
En Vitoria se decía “los Abreu” “los Saracho”, “los Aguirre”; o “los “Castresana”, los Aguiriano. Pero también, a título individual “El velas” (Ricardo Gauna), “El chato purpurinas” (Jaime Aranegui) o “El bombillas” (Luis Larrea) etc.  Justo asomaban la cabeza desde la mera artesanía y del comercio para entrar algunos, años más tarde, en la industria grande de los grandes negocios. Pero todavía entonces no.
Las velas de los Gauna y sillas de los Eguinoa que se hacían en Vitoria eran patente mundial como digo y el fabricante de velas tuvo el primer “Cadillac” en Vitoria, los Abreu un Packard, y los Ajuria deportivos, cuando el obispo tenía un Mercedes, regalado, que luego fue de Gabrielito Buesa, y el alcalde un Citroën 11 ligero, eso sí bien brillante y con banderita.
Un grupo de poder, los Lascaray-Buesa controlaban VESA (vitoriana de espectáculos SA con los únicos cinco cines y teatros), la Estación de Autobuses, Citroën, Seguros y sus pequeños comercios de droguerías varias y fábrica de jabones y de la famosa crema de afeitar “LEA”, (La Estrella Alavesa) en la calle de Castilla (donde los Juzgados de ahora).
Los Alfaro-Fournier (Heraclio el mayor) tenían la famosa fábrica de naipes y luego una imprenta donde se llegó a imprimir desde la portada del Paris Match a papel monedas y sellos.
Los Abreu (Don. Jesús, Presidente de la Diputación y promotor de Foronda) vendían junto con los Apellaniz, mobiliario escolar. 
Los Ajuria (los de Ajuriaenea) y los Aranzabal (que venían de “la venta del grillo” en Apodaca), maquinaria agrícola.
De los Aranegui, Don. Manuel, fue Presidente de Diputación y además de ser dueño de “la fábrica de purpurinas” tuvo tiempo para aprenderse, con acento local, el discurso de las Juntas Generales de Aramaio en euskera, y el aurresku para bailarlo allí mismo.  Por cierto que entre los Ibarra sastres surgió el Comandante Luis Ibarra Landete, a la sazón alcalde de Vitoria a quien no le gustó el detalle que Aranegui (en euskera el sitio del valle) se sintiera tan vasco, por lo que le espetó a la cara:  ¡Manolo! ¿Y para eso hemos ganado una guerra?.   El comandante Durana de los miñones, que estaba allí en Aramaio, puso a Ibarra en su sitio: ¡Luis! ¡Yo sí que hice la guerra y tengo dos heridas de bala, pero tú no, que te la pasaste en intendencia en Logroño! (se equivocó Durana porque Ibarra sí que fue herido en un tobillo y en la cabeza en Guadalajara…aunque no se sabe exactamente como le entró la bala en la pierna. Los peores intencionados dicen que se le disparó al cambiarse de pantalones. Pero no es verdad.
Manolo Aranegui además encontró en Chicago el cordobán del altar de Quejana, procedente, según se dice, de la tienda del moro perdedor en las Navas de Tolosa. Tienda a la que para entrar rompieron las cadenas los navarros y que por eso figuran en su escudo.
Siendo alcalde el Comandante Ibarra se inauguró el 25 de agosto de 1958, como siempre con polémica porque ya hacía dos años que funcionara el embalse, la presa de Ullibarri.
Vino Franco y allí acudieron los fotógrafos Arocena y Querejazu (Arqué),  Parra y Agustín Peña, quien me cuenta anteayer la anécdota:  ·"Acabada la bendición-inauguración de la presa se ofreció a la comitiva un aperitivo.  Un aldeano de Ullibarri Gamboa obsequioso con los invitados lanzó un manojo de cohetes desde la distancia prudencial a la que a los curiosos dejaban acercarse.
Pues héteme aquí que un cohete cayó y estalló a pocos pasos de Franco, con el consiguiente revuelo de su blanca guardia, que era mora. Los rollos fotográficos fueron requisados y no supimos nada del evento…hasta anteayer, o sea hace dos días, cuando me lo contó el fotógrafo allí presente Agustín Peña.
Otro prócer local, que vino de Valencia, era Sanchiz Bueno, Don. Eduardo, eterno alcaldable y Delegado de Deportes, fue organizador de la Vuelta al País Vasco y le cogió gusto a eso de las vueltas siendo el primer vitoriano que dio la vuelta al mundo. Epopeya que narró en una charla con deslumbrantes y novedosas diapositivas en color al respecto ante el asombrado y envidioso público.
Sanchiz inventó el “fútbol de sobremesa”, una especie de futbolín portátil muy ingenioso; con el pasábamos algunos metidos en casa las crudas interminables horas del invierno vitoriano.
Don. Eduardo tenía una patente de baños electro-metálicos y puso música de fondo en la fábrica para avivar el ritmo de producción. Fue promotor en 1964, del club Náutico Alava (el de los ricos) donde apenas se navegaba, sino a motor, no así en el Náutico Álava (el de los pobres) del que zarpaban navegaciones confeccionadas en el casco viejo. Una de ellas, el barco hecho en la sastrería Roa de la cuchillería no cabía por la puerta de la calle y para sacarlo hubo que desmontar el escaparate. Otra nave local fue el trimarán fabricado con la revista “Mecánica Popular” en la carpintería de los Madinabeitia, la admiración del pantano durante años.
Bueno, pues en la inauguración del Náutico Álava (el de los ricos) Sanchiz enseñaba al Delegado Nacional de Deportes, José Antonio Elola Olaso, las instalaciones subvencionadas por Madrid:
-"Aquí el comedor para más de cien personas, aquí la sala de juegos con diez mesas de caoba para el bridge, aquí la sala de estar con la chimenea, aquí las oficinas, aquí las cocinas…y en el exterior, aquí el frontón, aquí la piscina, aquí el campo de tiro con arco, y aquí en el, muelle dos pequeñas pero coquetas embarcaciones de socios…".  Elola, que era bueno pero no tonto, no pudo menos de exclamar.. ¡Me habéis engañado!
De los Saracho, emparentados con los Alfaro, Don. Luis fue alcalde y llevaba seguros y materiales de construcción, concretamente la Uralita. 
De los Orbea (bicis y cartuchos) Don Pedro Orbea fue también alcalde y presidente del Club Deportivo Alavés.
Estas industrias familiares protegidas por el aislamiento-bloqueo a la importación de Franco, “cascaron” cuando en los sesenta, Vitoria se abrió a los guipuzcoanos eibarreses (Fundiciones Arregui, Bicicletas Beiztegi, Pilas Celaya) y en los setenta a Europa.
Los sumisos vitorianos, respetábamos que estas familias burguesas de ganadores de la guerra, tuvieran algunas actividades aparte. Así para jugar de niños en el Prado, nosotros los perdedores, considerados nacionalistas, nos juntábamos con los Aranzábal, los Alberdi, los Aguirre o los Sagarna, debidamente vigilados por nuestras niñeras (añas) Ramona, Victoria, Amantxe y Felisa respectivamente… Al lado estaban los Usatorre, Orbea, Verastegui, Tauste, Vidal-Abarca o los Botaz también con sus niñeras.
Otros, un poco mayores en los “teen” años (de 13 a 19), los Alfaro, los Saracho y los Rotaeche jugaban al croquet, hechos unos “british”.
Las amas, las niñeras, eran señoras frisando las cuarenta, algunas viudas, otras con maridos en la cárcel y todas otras huidas de la pobreza, en todo caso, de hogares vascos como insistiré luego.
El sucedido con mi hermano fue en los cuarenta. Aquella mañana, los “voluntarios” de la División Azul desfilaban por la calle Dato camino de la Estación y del frente germano-ruso. Y lo hacían brillantemente uniformados y armados, acompañados de marchas militares, entre los vítores de los vitorianos apiñados en las aceras a ambos lados de la calle.
Mi hermano Luis Ángel, que tendría ocho años, seducido por el ambiente, rompió a aplaudir.
-Luis Ángel, le riñó el aña Vitory, a estos no se les aplaude porque van contra Rusia.
-Yo creía -esgrimió Luis Ángel- que los rusos eran los malos.
-Los buenos, Luis Ángel, sentenció la Vitory, son los rusos.
Y es que la Vitory tenía su marido en el penal del Dueso condenado a muerte por comunista.
No quiero acabar esta parte si incluir un apartado dedicado a las criadas que servían en los hogares de esta burguesía vitoriana en los que una chica interna ganaba 100 pts al mes, ¡menudo marrón!, por hacer de todo, hasta esquivar los “avances” de algún señorito.  Claro que que a un profesor particular de matemáticas se le pagaban 200 pts al mes
Las familias, unas rescataban a estas chicas de las provincias limítrofes vascas perdedoras de la guerra incivil, que llegaban a la estación de autobuses de la calle de Francia, donde por ese motivo en algunas tiendas y fondas se hablaba euskera. Otras chicas venían recomendadas por las monjas de la inclusa, y las mozicas venían encantadas porque según ellas : ¡Dios te libre de la inquina de una monja del asilo!
Las familias vitorianas eran, dinero aparte porque todos estaban cortos, muy cordiales con estas chicas. Había novios que subían a merendar o a cenar a la cocina. Más de una casó con el hijo del portero y otra, que sé yo, vivió con su marido en su cuarto de criada en plena armonía y discreción con los señores de la casa.

Vitoria tenía fama, no sólo por las sillas sino por sus artesanos de la madera que hacían muebles a medida, no sólo sillas los Eguinoa. Los Ibargoitia, los Bonilla, los Madinabeitia o los Aguirre eran todos empresas familiares en las que los “dueños” entraban a las ocho y se ponían el buzo. 
Estos últimos, los Aguirre, instalaron su talleres en el Palacio de Vendaña, antes Arrieta, que restauraron por su cuenta, bajo la dirección de mi padre Don Emilio y que ahora es el Museo de Naipes, conferencias y otros saraos, “Bibat”. Además uno de los hermanos Aguirre, Ángel, que había sido marino, recibía revistas en inglés, como “House & Gardens”, para envidia de todos porque sabía, claro, algo de inglés para leer.
Los Aguirre además de “muy nacionalistas” eran progresistas. Los dueños trabajaban de buzo en el taller codo a codo con los obreros y fueron los primeros en aplicar el weekend a sus operarios y en tener revistas de muebles en inglés que no entendía nadie.
Eran mendigozales, y a Adolfo Alvarez, luego leader de CCOO de Fournier, le hicieron dos tablas para esquiar en la rampa de Azaceta, tablas que ataba a unas botas de lona (Chirucas).
En los talleres de los Agujirre trabajaba Alfredo Donay, bardo alavés que no sabia solfeo sólo tocaba los compases con la guitarra. Por eso se parecen tanto sus canciones.
Los “vitorianicos” sabíamos poco inglés, más bien francés. Dos de “los Aranzábal” habían estado unos meses en los EEUU y mi tía Trini Buesa, con los niños de la guerra, en Inglaterra. Las clases de inglés las impartía San Pedro (Perujo) casado con una inglesa. Entre nosotros le llamábamos el “jotis” porque preguntaba mucho en clase:   - ¿Whot is this, whot is that?
La ignorancia, incluso entre profesionales, era tal que cuando a mi padre, a mi vuelta de un encuentro atlético en Alemania en 1955, le regalé un mechero de gas, tardó varios días en dar con alguien, mi tía Trini, que le tradujera las instrucciones.
Así que cuando el superior de la orden marianista, el americano Jüergens, vino en 1951 de visita, tuvieron que consultarle al dentista Teodoro Aranzabal, que había estado en Pensilvania, como se escribía Wellcome.
Y eso que en “Los marias”, tenían supuestamente profesor de inglés (Don Fortunato, el Fortun), que se decía feliz por su nombre que en inglés era “Fortune too”.
Hay que hablar de la persecución del euskera.En casa se dejó de hablar cuando vino una criada de la Ribera y nos amenazó con denunciarnos por ser “agurparlantes”. O sea decir agur, bihar arte y gabon. Aunque de pequeños sí que lo chapurreamos, con mi madre y las chicas de servicio vascas.

También tenía fama Vitoria, además de muebles, naipes, trilladoras y velas, de buenas confiterías donde destacaban por especialidades los bombones de los Goya, los dulces de los Hueto y los pasteles de Alberdi.
Poco a poco fue frecuente mediante oportunos enlaces matrimoniales unos y otros se unieran, soslayando matices políticos entre los seudo-nacionalistas, los socialistas perdedores y los vencedores de la derecha.  Alianzas que al surgir el nacionalismo violento, enfrentaría desgraciadamente a miembros de bastantes familias vitorianas. Pero éste es otro asunto.
Otras conexiones familiares duraron para siempre como la de las familias de confiteros “Los Goya” (Pepe Goya) y “Los García”, (Pedrín García alias “El abate merengorum).Este último tenía hijos varones, así que cuando Pepe Goya se casó con la hija del “Abate Merengorum” ambas pastelerías, de,la Calle de Dato,se unieron en lo que los vitorianos llamaron “la dulce alianza”.
También se juntarían los Abreu y Apellaniz, Los Knörr y los Alonso, y los Koch y los García de los pasteles. Por eso nuestro afamado fotógrafo es Alberto Schömer Garcia Koch. Aunque Alberto padre con la influencia del ministro de Justicia, “de casa”, Iturmendi, trató de quitar el García en vano.
Esta burguesía iba al Nuevo Teatro, luego Principal, llamado así porque substituyó al que se quemara a primeros de siglo, emplazado donde hoy radica el abandonado Banco de España. Tontería pueblerina donde las haya porque el teatro no sólo era el principal sino el único del Vitoria.
La burguesía media iba al patio de butacas y la alta y los asiduos tenían palco o incluso butacas reservadas en la platea de preferente.  Como Álvaro Vidal-Abarca ingeniero de la Diputación, bastante sordo, que tenía un enchufe en su butaca de platea conectado a un micrófono del escenario. O Heraclio Alfaro Fournier que de mayor iba con dos enfermeras a un palco.
También mi padre Emilio, arquitecto, fumador y friolero (que dirían los palacauinas), tenía estratégicamente al final de segunda fila de las plateas, las últimas butacas 29 y 31, con tres ventajas a saber:
1.Que si llegaba tarde no molestaba. 2.Que si tosía se podía salir sin molestar. Y 3. que si sentía frío llamaba a Agapito (pintor de día y acomodador de noche, marido de “la Pilar” del guardarropa del Judizmendi y luego del Estadio) para que le trajera el abrigo que dejaba, bien a mano, justo colgado en una percha que se hizo poner a la entrada.
La reserva era segura, tanto es así que si había cola en la taquilla podías pasar sin entrada, ir a merendar al “ambigú” y acudir a tu localidad de siempre “al tercer timbre de aviso” de que empezaba la función. Luego en el descanso iba a la taquilla por detrás y sacaba, mediada la función, su entrada. Dos veces al año en Navidad y Fiestas le daba una propina a la taquillera (la Valdecantos) y al acomodador (Agapito) y santas pascuas.
Esta afinidad a su butaca de preferente o a su palco estaba propiciada por el hecho de que Vitoriana de Espectáculos S,.A. traía cinco películas que rotaban los días de labor de manera que los espectadores burgueses podían desde su misma butaca y de lunes a viernes ver toda la programación. Su alguna vez la película “era repe” entraban sin entrada y pasaban la velada en el ambigú (el bar/café) de merienda y tertulia.
A misa la “baja burguesía”, que vivíamos extramuros y al este y al oeste de la segunda muralla, en la “ciudad nueva” tras el ensanche del S XIX, al borde la colina de Gasteiz , íbamos por las puertas Sur a las parroquias de San Vicente y San Pedro.
La “alta burguesía”, vivía al Sur de la colina en lo mejor del ensanche decimonónico, distribuida en las primeras casas de Dato, Postas, San Prudencio, San Antonio, Florida y Manuel Iradier (Calle del Sur), e iba a misa por la puerta sur de San Miguel. Yo recuerdo cruzarme a señoras que iban a misa de nueve, acompañadas por su criada que les llevaba la silla desde casa. Otras menos pudientes, sin criada, tenían en San Miguel silla propia, con las iniciales gravadas, atada con un candado a un banco. Así que las que tenían silla no echaban la perra gorda cuando pasaba el monaguillo con la hucha.
Otra gestos en la calle de la impregnación religiosa, católica claro, de la época y la zona eran el de santiguarse al pasar delante de una iglesia y arrodillarse al paso de ”el “viático”. Mini procesión compuesta por monaguillo al frente con un farol en una mano ,encendido aunque fuera de día, y agitando en la otra una campanilla avisaba del paso de “El “Santísimo” metido en una cajita, cogido con las dos manos y envuelto en ricos brocados.
El hecho era tan frecuente que a los curas en su ordenación las familias piadosas solían regalarles un cajita de plata para la hostia y un frasquito para los óleos. Lo que llamaríamos ahora un “kit de extremaunción”.
Los hombres de esta parte acudían por las tardes al Circulo Vitoriano que solía presidir algún comerciante o tendero acreditado. Allí se jugaba al chapó, al tresillo, se leía la prensa, tomaba el aperitivo al mediodía, el café después de comer con tertulia, y el chocolate por las tardes. A esta hora acabada la supervisión de las labores domésticas, se les juntaban ya las señoras.
La tertulia más “prestigiosa” era la de la chimenea del Círculo, donde se reunían profesionales universitarios, artistas, periodistas, fotógrafos y comerciantes o artesanos cultos para discutir de todo. Acudían a la “tertulia de la chimenea” tres arquitectos: Ramón Azpiazu, Ricardo Uralde que era síndico del ayuntamiento y mi padre Emilio, que debatían ardorosamente un día sobre algo profesional cuando les interrumpió Pedro Ugarte, culto comerciante, fundador de “Sistemas Arco” y juntero del Hospital:   -¡Oye, oye! Que aquí se viene a discutir de lo que no sabemos…
El Círculo tenía un tribunal de honor donde que yo sepa castigaron a un militar retirado porque se llevaba las bombillas del retrete y a mi padre porque se enfrentó, en el Estadio de la Caja Provincial, a unas socias del Círculo que comandadas por la periodista y progresista Chony Fraile, la madre de nuestro psiquiatra “Guti”, pretendían invadir desde el área de señoras la zona de caballeros de la piscina.  ¡No piense Vd. que era la de los lavabos!
Y es que “La Iglesia” había acordado con la Caja De Ahorros Municipal que la Junta la formaran el obispo, un cura, dos meapilas, un gestor y mi padre, que fue el arquitecto del Estadio y de probada catolicidad. Así que el diseño del Estadio, para evitar promiscuidades en bañador, fue consensuado entre la Caja y unos próceres católicos (Gauna, Verastegui, Azcorreta, Sánchez Iñigo y mi padre) llamados por el obispo Bueno Monreal, y comandados por Monseñor Cirarda y el cura Don Carlos Abaitua.
De modo que se hicieron tres piscinas. La de mujeres a la izquierda, la de hombres a la derecha y la de niños en forma de riñón, en medio. De modo que los niños se interponían entre los padres por decisión del Obispo. ¡Qué fuerte!
Aunque modestamente tapados, con camisetas, chales y otras prendas del estilo, sí que podía juntarse la familia en la zona “neutra” para abrir las tarteras y comer.
El ingenio de los vitorianos criticó la norma del Estadio con un estribillo que decía así.
                          “Lo que Dios ha unido que no lo separe la Caja de Ahorros Provincial”.
Aquel nefasto día en que, como digo arriba, las mujeres progresistas atravesaron la zona infantil-¡¡en traje de baño!!- e invadieron la de hombres, a mi padre que era el único con Luis Mari Sánchez, que iba al Estadio de los de la Junta, le pillaron en medio y parece que les faltó el respeto, siendo llamado a declarar al tribunal de honor de El Círculo, al que no fue sino que mandó indignado su baja como socio y ya nunca volvió a pisar la sociedad.
Mi padre decía que lo que más echaba de menos era “la tertulia de la chimenea”. También se excusó en carta al obispo que terminaba con las iniciales s.h.s.q.b.s.s.   O sea. “Suyo humilde servidor que besa su mano”.
Por aquellas épocas también, el esposo de Chony Fraile, el médico Rafael Gutiérrez, hacia la guerra contra la segregación sexual en el frente de la prensa. Cuando se inauguró la primera piscina de Gamarra, una especia de ensenada cuadrada al borde del río, el obispo se escandalizó de que señores y señoras se bañaran en la proximidad.
Don. Rafael publicó, respaldado por su indudable adhesión al régimen, un mordaz artículo en la prensa local, “Cocodrilos en el Zadorra” sugiriéndole al obispo que designaran una orilla del río para los señores y otra para las señoras y echaran cocodrilos en medio del cauce para evitar promiscuidades.
Venció el sentido común y todos y todas usamos todo tipo de aguas retenidas, fluviales y embalsadas, nudistas algo más tarde incluidos en ésta, sin el menor escándalo.
En cuanto al Círculo Vitoriano nosotros, los hijos, aún dimitido mi padre, seguimos yendo y allí aprendíamos a bailar, como la mayoría de los burguesitos y allí se presentaban nuestras hermanas en sociedad y reinó sobre el mantón (proclamada “Reina del mantón”) mi mujer Josefina.

Luego a fines de los cincuenta, los de mejor posición nos fuimos a los locales de la Peña Vitoriana Tenis Club en Dato 20, una vez abandonadas las instalaciones tenísticas de la Senda que para los pocos vitorianos de clase alta que iban era económicamente insostenibles, Fueron embargados y se fueron con el tenis y “sin pelotas” a un segundo piso del número 16 de la calle de Dato. Donde el estanco de los Pinedo.
Los de “La Peña” eran un poco snob y a los confiteros Goya no les dejaron hacerse socios porque sólo eran “unos tenderos” afortunados. Don José, el padre, reaccionó edificándose en Salvatierrabide una espléndida casa con pista de tenis frontón y piscina. Donde ahora está el colegio de “las francesas”.
En cualquier caso, algunas señoras no se encontraban a su gusto en ninguna de estas sociedades, tanto es así que empezaron discutiendo y acabaron, dicen las malas lenguas, a paragüazos.
El hecho es que de aquella disputa salió un nuevo club, “El Nuevo Club”, en la calle de san Prudencio, donde está ahora Harbes, que los vitorianos, más malos que malos, dieron en llamar, por lo de los paragÜazos, “El Paraguay”.
“El Nuevo Club” duró media docena de años y lo compró la Junta del Estadio para hacer una piscina cubierta que se cerró en los setenta.
Volviendo a “El Círculo Vitoriano”, también se hacían negocios entre aquellos pequeños caciques artesanales y gremiales y algunos socios se aprovechaban de la confianza del ambiente para hacer de pasada consultas a los profesionales.  Al Dr. Salinas le hicieron varias y un día un poco harto, tomado un vermut en la barra con su amigo Ramiro Gómez Casas, que era abogado de la Diputación, le preguntó si legalmente no estaba en su derecho de pasar minuta a aquellos pesados que interrumpían su solaz aperitivito consultándole sus dolencias. Ramiro le dijo que sí. Que desde luego que se podían cobrar.
Al día siguiente el Dr. Salinas recibía en casa, de manos de un ordenanza de la Diputación un sobre y dentro la minuta de Ramiro. “Mis honorarios por la consulta profesional mantenida en el día de ayer en la barra del Círculo Vitoriano ascienden a doscientas pesetas”
De la gente destacada del Círculo, "salían" la Juntas de entidades tan dispares como la del Club Deportivo Alavés o la del Hospital Municipal Santiago Apóstol.
El Hospital ocupaba un gran solar en medio de la ciudad, con invernaderos, jardines y estanques de patos, donde paseaban las monjas (en el jardín, no en el estanque) que valía un trillón. Un constructor ofreció por el solar hacerles gratis un gran hospital de 500 camas en Lasarte, poco más allí del campo de fútbol de Mendizorrotza.
Consultado por el Gobernador mi padre al respecto, aconsejó que la transacción fuera la del solar viejo por un hospital moderno de 500 camas y además 100.000.000 de pts.
No hubo acuerdo porque a los junteros, quizás por ser mayores, les mareaban esas cifras con tantos ceros y además no conducían coche (porque el Circulo, al Cine, a misa y al Alavés iban a pié) y no estaban dispuestos a ir a las juntas andando…¡¡Hasta Lasarte!!
Y así que sigue el hospital donde está en medio del pueblo, del caos circulatorio, del ruido, y del CO2, porque los junteros no sabían conducir ¡Juro por Snoopy que fue así!

Al monte los burgueses y artesanos con sus hijos íbamos con La Manuel Iradier, la SEMI o “La Manuela”, que hubo de fundarse como diré luego con el coronel Díaz de Mendívil de presidente porque los demás candidatos dispuestos o propuestos, o sus parientes, no habían estado con los “nacionales” en el 36 y no los aceptaban en el registro de sociedades del Gobierno Civil. A las excursiones íbamos en el autobús de Víllodas de color marrón, en cuyo techo-baca habían unos bancos corridos y todo al descubierto, El viernes anterior a la excursión había que mandar la lista de los “mendigozales”, unos treinta o cuarenta, al gobernador; y para despistar se ponían primero los nombres castellanos como González, Martínez…y al final Graciantepraraluceta o Apraiz.
Aún así y todo se reservaban dos plazas para otros tantos números de la benemérita que eran fácilmente detectados por las botas de regimiento y porque alguno llevó el bocadillo envuelto en el periódico de la ultraderecha “El Alcázar”.
Sólo fueron problema una vez cuando, justo antes de crearse la coral, los montañeros cantaron el "Ara Nun Dirán" (“Alli donde están...“) del Iparraguirre y en vez de ¡Gora España!, que es lo que dice textualmente la letra del bardo, alguien gritó ¡Gora Euskalherri!. Lo que hizo saltar las alarmas y la pistola de su funda al cabo Bellido que persiguió al insensato montañero cantor arma en mano por toda la campa de San Vítor.
A aprender a nadar, desde las pozas del Zadorra, -conocidas por los castizos como “playa Biarritz”-,se fueron los vitorianos en 1933 a las recién creadas piscinas de Judizmendi, en la esquina Olaguibel-Las Trianas. En las primeras competiciones Avelino Mardones destacó en 400 mts. libres y luego fue jugador del Alavés y del Mirandés. En los 70 estaba tan cascado que tuve que cambiarle las dos caderas. Posiblemente fue el primer recambio bilateral del Estado
Del Judizmendi en los 50 salieron varios campeones y campeonas nacionales de natación como José María López Aberasturi (Txotxe), y Juli García, (madre de Toti Mtz. de Lecea). También un nadador del Judizmendi Jaime Cortazar fue el primero en atravesar a nado el estrecho de Gibraltar.
El club fue un nicho social de gente modesta, deportista y bastante nacionalista, -Patxi Lecea, fundador, entrenó a Julñi Garcia campeona de España en La Coruña en los 40. Dicen que al llegar a la meta lloraba porque su entrenador Patxi Lecea se le acaba de declarar. Paxti, estuvo tres años en la cárcel-, por eso el club estuvo vigilado en la Junta del Club por un delegado del gobierno, Zamora, alias Tachín, que era majísimo y tomaba vinos con todo el mundo y hacia oídos sordos cuando a la vuelta de las competiciones se cantaba el inefable “Ara nun diran” de Iparraguirre.
Su labor era secreta y yo, que fui nadador y le traté mucho, no me enteré de su misión hasta hace pocos años en el 2007 por boca del bracista y sastre Jaime Albeniz.. ¡Angelicos!
La modesta burguesía vitoriana practicaba deporte de base. A mí me tocó jugar en los tres escenarios. Al Fútbol de empresas y de barrios en la Vitoriana (El Sphaira, el Armentia, el Vitoria, el Zaldiaran, el mío), al baloncesto en el Frontón Vitoriano de la Calle San Prudencio, (C.D. Vitoria, San José Los Marias y el San Fernando del Frente de Juventudes).
De chicas había dos equipos, un equipo de la sección femenina que entrenaba en las traseras del ahora ruinoso chalet de los Alfaro, frente al Carmen y otro el del club católico “Goiena”, el mas alto en euskera. En este equipo jugaba Angela Iriarte de los Iriartes, tienda de curtidos de la calle Diputación. Las chicas jugaban con”pololos” especie de bombachos bajo las faltas para que si se caían no se les viera nada.
Los partidos serios fuera de los colegios y cuarteles, se jugaban en el frontón de la calle de San Prudencio. Para sacar de la banda en el lado de la pared, se hacía a la pata coja porque no cabían las dos piernas. Las canastas se llevaban en carro el día del partido y el campo se marcaba con tiza. Allí se llego a jugar El Kas con el Real Madrid. Y las chicas del Goiena contra la Sección Femenina.
El atletismo nació de manos de los militares en su pista de la Sociedad Deportiva Militar Vitoriana, donde se celebró en 1952 el primer torneo militar, Trofeo Ozores, de atletismo entre la Guarnición, los Universitarios alaveses, los escolares vitorianos y el Club Natación Judizdmendi. Ellos, con los militares, organizaron en la Sociedad Deportiva Militar en cerca del cementerio los primeros y últimos concursos hípicos, los primeros torneos de fútbol y, como he dicho antes, las primeras pruebas de atletismo, (Universitarios -que estudiaban y vivían fuera, en el exilio-,Militares y los Marianistas, que ganaron).
Era muy curioso ver como se compartían las pruebas atléticas con el torneo local de fútbol. Nosotros los atletas esperábamos para actuar en lanzamientos y saltos a que el balón estuviera en el otro lado y lo mismo los futbolistas, que tampoco sacaban de banda ni tampoco las faltas hasta que acabaran las carreras cortas.
Allí se descubrió Javier Llanas que decían corría bien con su perro en el Prado y que batió en récord de España de 100 mts, vigente desde 1935, con 10”8/10, récord que duró hasta 1962. Con el corrieron Luis Angel Apraiz, Manuel Ibarrondo y Roberto Aranzabal entre otros. Uno de los marias, Luis Aurelio León, corría 1.000 mts con botas de clavos del ejército. El bueno en esa distancia era Iglesias, de la Guarnición, Iglesias era muy alto y también jugaba al baloncesto en el C.D.Vitoria.  El Capitán Ibarra, “nuestro coach de “los marias” luego comandante, le dijo a soldado Iglesias:  -Iglesias… a León le dejas ganar. Y es que su padre Don Laudelino era el Delegado Provincial de Trabajo.
En esas pistas el autor batió el récord nacional absoluto de Penthalon, que estuvo vigente cuarenta años y otros 52 récords menores y mayores de Álava.
Allí entrenábamos día y casi noche con Aguirre, Latierro y Odriozola (los tres campeones de España), y digo casi de noche porque ya era con nocturnidad cuando saltábamos la tapia de la piscina “de los militares”, de 33x16 con el agua verde obscura y nos bañábamos en cueros. La tal piscina tenía un trampolinico desde el que había excelentes vistas…..al cementerio. Menudo cangelo.
Alli, en “la vitoriana”, durmiendo en catre bajo la tribuna, hizo la mili Jose María Palacios, Ogueta. Tenia mucha fuerza y me ganaba por un poco tirando el peso.Nunca pudimos competir porque era profesional. Por eso algún mala leche nos quiso descalificar a “los Apraiz”,a mi hermano Luis Angel y a mí porque corrimos una vez 100 mts. con Juan Carlos Quincoces, sobrino de Jacinto Quincoces, jugador profesional del Valencia. Que todo hay que decir,nos ganó y muchos años después lo recordaba en entrevistas.
A la hora e ir al monte, desde los años 20, los vitorianos más acomodados y precoces fueron los de “El Club Alpino Alavés”, con sede en el Café Suizo, -que llevaba a esquiar a sus socios a Candanchu y llegaban camisa blanca, todos morenos, a la calle Dato al anochecer. Más modesto era “El Fournier· de sus trabajadores, que esquiaban en Azaceta con tablas de carpintero atadas con cuerdas al tobillo, o “El Gioena” de Acción Católica y más tarde como he dicho arriba los burgueses y artesanos fundaron La Sociedad Excursionista Manuel Iradier.
Esta última, al fundarse en el 49, creo que también lo he mencionado, quiso nombrar presidente entre los “mendigozales” pero todos, o sus padres, tenían pasados nacional-republicanos. Todo se solucionó cuando los fundadores (Apraiz, Madinabeitia, López de Gereñu y Armentia) consiguieron que el comandante Mendivil aceptara el cargo sin haber ido al monte en su vida. Por eso Mendivil en la foto sacada en la cumbre del Toloño, en la primera salida (en 1943, en la que salgo yo) viste traje de chaqueta y corbata. Por cierto que subimos al Toloño desde el puerto de Briñas y el viejo autobús “de Villodas”. Autobús que no podía subir el puerto por lo que a los chavales y montañeros nos hicieron bajar y subir al puerto a pie. En el autobús se quedó alguno de los próceres fundadores, como Don Periquito Ortiz, que para aquella ocasión no se quitó la capa española que siempre vestía.
Ese ínclito autobús nos llevó con “La Manuela” a infinidad de excursiones en las que a la vuelta los críos y los jóvenes subíamos al techo, a la baca, y volvíamos cantando (de ahí salió dirigida por Emilio Ipinza, la Coral Manuel Iradier) y hasta en una ocasión con el autobús en marcha, cocinaron hicieron “los mayores” una paella. No me he reído más en mi vida.

En la burguesía vitoriana siempre se actuaba por estratos sociales.
La más acomodada burguesía deportiva, cuando avanzados los cincuenta se empezó a navegar en los pantanos de Santa Engracia, creó el Club Náutico, de donde salieron campeones de nacionales y mundiales de vela y esquí acuático.
La otra burguesía, la modesta, creó el Náutico Álava, más social que deportivo. Cuando fue José Antonio Elola Olaso a inaugurarlo casi no había embarcaciones y que como digo antes regañó al promotor.
-¡Eduardo, me has engañado!

Los burguesitos más afortunados íbamos al “cole” a Marianistas, los “corrientes a los Corazonistas. Y los modestos, hijos de artesanos, a San José. Las chicas a Vera Cruz o a las Ursulinas. Donde admitían chicas de familias más modestas a las que, para ahorrarles el traje blanco, les “distinguían” permitiéndoles hacer la primera comunión de negro, o sea de uniforme.
Fuera del cole, el territorio de juegos extraescolares de salón y de acuerdo con la longitud de nuestros los pantalones nos lo marcaban los Jesuitas. De pantalón corto enfrente de San Pedro en “Los Koskas” no por el euskera sino por aquello de San Estanislao de Koska.
Siempre a cubierto (no sólo “indoors” que se dice ahora) de las acechanzas diabólicas de clima vitoriano y del maligno por el Padre Demetrio Ruiz Alburuza los jesuitas vigilaban discretamente y dirigían espiritualmente a los adolescentes “socios/cofrades”.
El 1944 en “los Koskas”, frente a San Pedro, se competía además de en el billar, ping-pong, ajedrez y cartas, en practicar actos de piedad. Y en la revistilla de “Los Koskas” aparecían los nombres de los “congregantes” que más veces habían acudido aquel mes a la Santa Misa. El que más veces Gonzalo Verafajardo, luego Javier Urquiola, Cañavate, Del Val, Balaguer y Botaz.
Ya de pantalón largo en la calle Dato, donde Bankoa, sobre la plaza del Arca, estaba el centro de “Los Luises”, por San Luis Gonzaga, donde había admeas de juegos y bar donde se podían fumar y tomar tapas y blancos. El director era el jesuita padre Tabernero que confesaba y daba consejos a los novios. En “Los Luises” se celebraban últimamente campeonatos. Al ping-pong ganaba siempre Luis Miñon y al ajedrez Del y Aguirre que llegaron a competir tambjén en el Casino Vitoriano.
Allí en los Luises nos dieron charlas sobre jazz Luis Abaitua (director de Michelin secuestrado por ETA) y Xabier Añua (abertzale mitinero clandestino). Hasta tal punto desconocíamos el jazz que Ochoa, un socio un poco bruto, creía que aquello de la “jazzband”, que callejeaba Nueva Orleans, era por lo de band - banda y jazz - bombo. O sea que la “jazz band” era “la banda del bombo”. Es para reírse pero allí nació en los cincuenta el Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz. Pasando antes por las “Jam sessions” de noche, en los jardines del Canciller.

De los “Los Luises”, todos ya con pantalón largo, surgió el Cine Forum Vitoria que llenaba el Gran Cinema VESA los domingos por la mañana, precios muy bajos.
Ésto, según su presidente Don Ignacio Lascaray de la mismísima “Vitoriana de Espectáculos Sociedad Anónima”, les hacía competencia “desleal”. Pero entre familias burguesas vitorianas enseguida se arreglaron con Don. Ignacio Lascaray (de La Estrella Alavesa, LEA, Autoestaciones, Citroën y Seguros) y con tío Gabriel Buesa (de las droguerías, también presidente del Alavés), que dirigían VESA, y llegaron a un buen “entente” con los cinéfilos porque al “Cine Club” de “Los Luises” y más tarde al “Cine Forum” de “El Aquinas” se les permitió utilizar, también fuera de horas de programación habituales, el Cine Florida.
En los “cine fórums” se proyectaban películas “raras”, de poca diversión y mucho mensaje oculto que desentrañaban con elocuencia Balaguer, Cuerda, Ibarrondo, Morales o Vinós.

Parte de la burguesía alta organizaba zarzuelas y musicales bajo la dirección de Antonio Ochoa, que se ensayaban en el local de la Cruz Roja de la Calle del Arca. La verdad es que además de entretenerse los figurantes, Antonio Ochoa sacaba chispas del elenco. Cantaban muy bien las chicas Uralde (madre del periodista JuanCarloes) Carmen Buesa y Valdecantos.
Esta última hizo un dúo sublime con Jesús Viana, el padre de Chus, el de la UCD, representando a don Hilarión en “La Verbena de la Paloma”
Otro número fuerte de aquellas veladas navideñas, era una especie de danza erótica, el bayón de Ana, que bailaba una filipina en vaqueros, novia de Paco Antía, con cuya vista y nuestra imaginación pecamos todos los adolescentes que lo vimos.
A “la filipina” le acompañaban en plan sudaca, con blusas chillonas atadas a la cintura contoneándose la mar de serios, los componentes del equipo Phillis de baloncesto Galindez, Cobas y Vicente Pérez y creo que Xabier Añua.

Cuando ya se estaba en la Universidad, años más tarde, como ya he dicho, para acoger a los “excedentes” de “Los Luises” y también bajo los auspicios de un cura, D. Luis Barandiaran, se fundó en General Alava 10, el Club Aquinas, por aquello de Santo Tomas de Aquino. patrono de los estudiantes.
El Club Aquinas, asómbrense, era mixto. Su primer presidente fue José Angel Cuerda y la vicepresidenta Maribel Bajo, luego esposa de Juan Carlos Ibarrondo. Los Ibarrondo de los Cafés La Brasileña fueron y son familia VTV (vitoriana de toda la vida) y ejemplar.
Allí, en el Aquinas, como en Caserío de Buesa, -donde se juntaban los jóvenes Buesas y sus amigos y amigas- se fraguaron algunos felicísimos matrimonios que acabamos de cumplir las botas de plata. y además de matrimonios cristianos, del Club Aquinas salieron grupos literarios y gente con inquietudes sociales que formaron las primeras promociones de la Escuela de Asistentas sociales, y destacados políticos de la transición, en el entorno demócrata cristiano, -como no podía ser de otra manera- y algún alcalde que otro.
En esta tribu de burgueses vitorianos se incluyeron motu propio, unos antes de la guerra, como “Los Knörr” (refrescos) o “los Koch” (fotógrafos) y, durante o después, un grupo de italianos, los Breda (helados), los Lucarini (de Bilbao como escultor) Amato, Amleto y Segalini (motocicletas).
Se conocían algunos bon vivants, como Paco Retana y Txus Castresana. Paco Retana era conocido como “el boxeador” porque en unas ferias derrotó a un oso que traía un gitano. Retana, era el “Gran Gatsby” local, con zapatos bicolor y un impresionante Bentley, de grandes faros sobre los guardabarrros delanteros, y color gris metalizado, que solía aparcar en la Calle Dato, donde la óptica Larramendi, para tomar el aperitivo en el “Bar Acuario” de Urbina. Desde la terraza piropeaban a las chicas y en especial a una espectacular con su falda tubo, tacones, ajustado niky fucsia y chaquetón de plexiglás amarillo huevo. Se llamaba Alicia Medina y los observadores, por aquello de Lewis Carrol, la rebautizaron “Alicia La Maravilla del País.
No me quiero olvidarme de otros colectivos diferentes de aquellos 50.
Los valientes pintores del grupo “Pajarita” (Pichot, Suarez Alba, Armesto y Moraza) no fueron valorados en su tiempo aunque sí contaron con la amistad y el aprecio artístico de Benjamín y Vázquez Díaz. Mientras Don Fernando Amarica, infravalorado impresionista, se llevaba a Andres Apllaniz hijo y Ricardo Aranegui, a pintar al campo.      -Si quieres brillo ¡Amarillo!,   Les decía don Fernando.

Los vitorianos muy tolerantes conocíamos bien a los pocos homosexuales de la ciudad. Un dentista, un ingeniero, un deportista y un arquitecto… Nadie hizo ni siquiera mofa de ellos. Eran buenas personas y grandes profesionales muy por encima de la media. Entre las chicas conocíamos un par en la piscina pero eran igualmente apreciadas entre los socios del Judizmendi. Y cuando hacia falta en competiciones especiales, como el relevo de 100 nadadores cada uno nadando 100 metros (el 100 x 100) tomaban parte sin ningún reparo por parte de nadie. Otra competición popular del Judizmendi eran las 24 horas de las que Roberto Ruiz de Azua, “Zoilo”, nadaba sólo casi toda la noche mientras los controladores se calentaban con una palangana de alcohol de quemar ardiendo.

Vitoria en los cincuenta se portó bien con la etnia gitana. Un grupo de progresistas vitorianos con el Doctor Prieto les proveyó de vivienda en “Gao Lacho Drom” (El Buen Camino) donde estuvieron en paz Bartolos, Jimeneces y Barrios. Hasta hace poco…
Entre “Gao Lacho Drom”, Abetxuko, Armentia y Mundo Mejor (organizada ésta por los hombres de los “Cursillos de Cristiandad” con los curas P. Anitua y C. Abaitua) todos los que quisieron acercarse y quedarse en Vitoria encontraron vivienda digna y amigos, y se incorporaron a la ciudad, sus tradiciones y su cultura. Los hijos se llaman Aitor, Edurne, y muchos van a la Ikastola.  Por eso que aquí, en Vitoria-Gasteiz, no hubo txabolismo y la poca especulación inmobiliaria la hizo el Ayuntamiento, con planes parciales que dejaban las mejores parcelas sin salir a subasta hasta que subieran de precio.
Algo que mi padre denunciaba en la prensa en artículos que titulaba:   “¿Quien exprime el limón?”

CAP. 2: LOS VENCIDOS:

Yo era muy joven para apreciar lo que significó la huelga general de 1951. Sólo recuerdo que a mi tío Julián Aguirre, que era un hombre pacífico y muy religioso fueron a detenerle como organizador de aquella enorme protesta (250.000 pararon) y de que se ofreció su hermano Ángel para  ir a la cárcel en vez de él, que tenia mala salud. Es curioso observar como cambió la sociedad de vitoriana en tres generaciones. Mi bisabuelo era más carlista que Carlos VII, mi abuelo, alcalde y liberal, porque como comerciante no quería aduanas, tuvo de testigo de su boda al general Martínez Campos, pero sus cinco hijos estuvieron distribuidos, entre los moderados mendigozales del PNV (Ángel y Emilio) y dos más a la izquierda que fundaron ANV (Ricardo y Luis) y otro (Odón) que era anarquista pacifico. Sólo uno de los cinco, mi padre, al que le pilló la guerra en Bermeo, se salvó del destierro y persecución. Tres fueron desterrados y acercados a casa progresivamente desde Canarias a Orense, Reus, Palencia y Soria. Donde todavía seguían desterrados dos de ellos a fines de los sesenta. Y el quinto, el médico Luis, murió en el 33. Luis era muy amigo de Isaac Puente el anarquista médico de Maestu, vilmente engañado para atender una urgencia, capturado y fusilado, en el 36. 
A mi “tío pegado”  Ramón no lo fusilaron. El 31 de Marzo de 1937 un falangista apareció en casa de mí tía. Rosario Apraiz, alertándola que aquella noche iban a “liberar” a unos cuantos presos del convento/cárcel de “El Carmen” y que no se podía responder de lo que les pasara una vez en la calle y que si hacía un donativo de 50.000 Pts, para la causa en propia mano, a Ramón lo sacarían por otra puerta. Así fue como Ramón pagó por su vida pero no su compañero de celda, Luis Abaitua, que fue fusilado, -aún no sabemos por qué- , el 1 de abril. A su hijo, como digo arriba, ironías del destino en 1979 lo secuestró ETA porque era Director de Michelin. Ya liberado se autoexilió en Brasil. Otro conjunto de rojos y nacionalistas perdedores, no radicales, porque éstos estaban como digo desterrados o exilados, mantenían en sus casas a escondidas el rescoldo de la república de Euskadi conseguida el 36 y de la guerra, la lucha, las cárceles, torturas y exilios a la espera de una acción internacional de las aliados, socialistas, comunistas para derrocar a Franco a quien ya la ONU había condenado en el 46. Pero en plena “guerra fría” pudo más el miedo al comunismo que la lógica restauración de una democracia. En 1953 se firma el Pacto de Madrid entre España y os EEUU, En 1955 España entra en las Naciones Unidas y en  el 1959 el presidente Eisenhower visita Madrid. El Gobierno Vasco desde “el exterior”, desde Paris, lo lamenta y con la prudencia de los burukides “tranquilamente” exiliados en “el exterior” no puede y no quiere hacer nada al respecto mas que protestar. Los abertzales que viven “el interior”, aún escondidos, cambiando de identificación y de domicilio no están dispuestos a quedarse de brazos cruzados, quieren acción y la toman por su cuenta: de un grupo de jóvenes universitarios agrupados en EKIN (hacer) el 31 de julio de 1959 surge ETA. Los jelkides (abertzales del PNV) siguen pasándose clandestinamente de casa en casa las hojitas informativas en papel Biblia del “Euskadi” o se dejan a modo de buzón en un misal en un banco de iglesia concertada a estos efectos. Al mismo tiempo en el seminario vitoriano, conjunto de las tres provincias vascas, se forjaba un movimiento cristiano socialista nacionalista, con el evangelio y la ikurriña. Las JOC, Juventudes Obreras Católicas acogían en su seno a estos curas progresistas vascos, obreros del mismo tipo que estaban clandestinamente en ELA (Eusko Langileen Alkartasuna, Solidaridad de Trabajadores Vascos). Esta gente sí se preocupó por el euskera, entre otras cosas porque bastantes curas que salieron de nuestro Seminario Vasco lo sabían o lo aprendieron y echaron raíces en Álava. Estaba prohibido su enseñanza y muy mal visto su uso. En algunas sacristías se enseñaba euskera con un libro religioso al lado para tapar los textos o cuadernos de clase si veía alguien contrario, no necesariamente policía, simplemente contrario a nuestra cultura vasca, al euskera, que pudiera denunciarlos. En puertas abiertas se reunían en un local propio en Vicente Goicoechea, la “Casa Social Católica” donde el actual obispado. Allí había teatro, cine, billares, pingpong, bar y todo baratísimo servido por voluntarios. Era el Círculo Social católico donde acudíamos los burguesitos -un poco preocupados de que se nos notara el pedigrí-, porque por una peseta jugabas al pingpong toda la tarde. También había cine y teatro sociales. Para ir al monte crearon el “Club Goiena” ya mencionado, cuyos colores eran los de “La Inmaculada” azul cielo y blanco. Allí no se bailaba, por lo que la parte más social de esta clase modesta se desarrollaba en el Casino Artista Vitoriano, donde estuvo la Capitanía General, luego Viajes Ecuador, la Oficina de Información y Turismo y hoy “DENTAVIT”, a la entrada de la Florida. También el Casino tenía su grupo de teatro y celebraba animadas verbenas con farolillos en la zona ajardinada tras la fuente de la Florida, donde el ingeniero jefe de jardines y parques, Manolo Saltó instaló unas confortables jaulas con pavo reales que hicieron las delicias de grandes y pequeños. Claro que para piscina no daba la clase artesanal, así que se aprendía a nadar en el Zadorra, en las pozas de Gamarra, tirándose desde un árbol o columpiándose con una cuerda y un neumático, actividad inmortalizada en una preciosa foto de Enrique Guinea a primeros del novecientos. Esta zona luego la habilitó el alcalde y honesto comandante Ibarra, que hizo mucho y bueno por la ciudad, como Parque Municipal para 20.000 personas alavesas, guipuzcoanas y vizcaínas. Porque los guipuzcoanos y vizcaínos para divertirse como para la industria tampoco cabían en su tierra mediados los cincuenta. Ibarra fue el primer alcalde como quien dice “full time”, como he dicho antes, llegaba puntual a las nueve a la alcaldía y claro los demás tuvieron que hacer lo mismo. Por eso le pusieron de mote “el abominable hombre de las nueve”. Con él y Franco se hizo el embalse Albina, como digo en otro sitio. El Gobernador de aquella época Luis Martin Ballesteros “se las tuvo” con mi padre, presidente a la sazón de la “Sociedad Excursionista Manuel Iradier”, porque como recuerdo de la “Santa Misión”, semana de oración y penitencia públicas, se planeó erigir por subscripción popular una cruz de hormigón armado, en el monte de Olarizu. Ballesteros citó a mi padre un mediodía en el Gobierno Civil, “la casa roja” (hoy oficinas de la catedral nueva junto al extinto garaje de Goya). A mi aquello “le olía mal” y dejó dicho en casa que si no estaba para la hora de comer que le buscáramos en los calabozos de los sótanos del Gobierno. El Gobernador le conminó a que al pie de la cruz se colocara una una lápida “EN RECUERDO A LOS SACERDOTES CAÍDOS POR DIOS Y POR ESPAÑA”. Mi padre se negó a lo que el “poncio” le amenazó advirtiéndole que anduviera con ojo porque “el sabía hasta los garbanzos que comía”…La cruz se erigió con la obligada placa gubernamental, la suscripción se paró y el contratista no cobró. La tal placa fue “anónimamente destruida a mazo” y el reciente 2017 algún “mal informado” de Mendiola quiso “derribar la cruz a rotaflex” por considerarla legado franquista y casi lo consigue. 

CAP. 3: LOS POBRES

Lo primero era comer y pasar el menor frío posible. Para ello el Nuevo Régimen organizó el Auxilio Social, con sede frente a la Fuente de los Patos, donde señoritas de camisa azul repartían comida, ropa de adultos y canastillas de bebés y leche en polvo. Estas canastillas las hacían las chicas bien para cumplir con “el servicio social” substitutivo de “el servicio militar” masculino”. “Cáritas Parroquial” y la asociación de “Las Conferencias de San Vicente de Paúl” (ésta sólo los viernes) ayudaban desde las parroquias a los pobres de su zona, los que entraban por las puertas norte a misa desde la parte vieja. El dinero de “San Vicente Paul” lo entregaban las “damas” en propia mano así podían enterarse de la problemática del socorrido. Alguna señora declinó el “vis a vis” porque los pobres olían muy mal. El párroco Dn. Julián, le amonestó diciéndole que peor olería Jesucristo. Las viviendas eran míseras, hasta que ante la oleada de inmigrantes el Régimen, el Ayuntamiento y los curas, se “pusieron las pilas” e hicieron los barrios de Armentia, Abechuco (entonces con h y con c) y Errekaleor (también llamado "Mundo Mejor") respectivamente. Estos, los pobres, no tenían otra actividad que la destinada a subsistir, y pasear por los arrabales los domingos, austeros pero pulcramente vestidos. Al principio en grupos de hombres y luego, ya afincados, del brazo de sus mujeres y por último de la mano de sus niños. En la Vitoria de los cincuenta había muy poca mendicidad y ninguna delincuencia. Algunos de los más pobres, con permiso del obispo, trabajan en la construcción los días festivos. De niños todos tuvieron acceso a la enseñanza básica. Luego según “los posibles”, y de menos a más, acudían a Jesús Obrero para aprender un oficio, los menos pobres a San José, o las Academia Garibay donde se aprendía “Comercio”. Los pequeños artesanos y comerciantes llevaban a sus hijos al Instituto Ramiro de Maeztu y haciendo un esfuerzo a los Corazonistas. Los más acomodados a los Marianistas. Las chicas bien iban a las Ursulinas (donde les permitieron a las menos ricas hacer la primera comunión de uniforme), las “vascas” fueron a las Mercedarias de Berriz, las hijas de artesanos fueron a las Carmelitas, si bien las más pobres entraban por otra puerta (me cuenta M.B.B.) Era muy frecuente que los hijos de comerciantes no acabaran el bachiller y que, como que los hijos de profesionales liberales, siguieran mayoritariamente los oficios y carreras de sus padres de quienes podrían heredar la clientela. Aunque en 1956 de mi clase de bachiller casi la mitad fueron “para ingenieros”. 

CAP. 4: LOS NOBLES:

Me permito para encarrilar esta sección de los nobles, una introducción muy anterior a los cincuenta. Nobles, lo que es nobles, en Vitoria casi no había, o no alardeaban de ello al menos. Desde luego nadie usaba el título aunque lo tuviera. Además los alaveses de nacimiento, en cierto modo propietarios y en el peor caso arrendatarios de sus tierras, nunca se consideraron vasallos de nadie desde que los de Aramaio le plantaran cara al Señor de Mújica/Butrón, allá por el siglo XV y le ganaran el pleito, con intérpretes, en Valladolid.. Sí que tenían capillas laterales en las Iglesias pero no se daban importancia, y aunque Tomas Alfaro y el Marqués de la Alameda no apoyaron el alzamiento militar ni resultaron represaliados, los demás lo hicieron muy discretamente. Sólo Oriol y el Marques de Urquijo, millonarios ayaleses, fueron la excepción. ¿Dónde andaría Esteban Bilbao? Y aunque Oriol en un momento apoyó a los nacionalistas porque también defendían La Fe, luego fue él que trajo a Álava miles de armas ligeras, ametralladoras y bombas de mano, que llegaban en avionetas desde Bélgica al campo de golf de Quejana, en Ayala, del Marqués de Urquijo. (Ver G. Streem) Armas que luego eran llevadas en camionetas a los locales de la “Vitoriana de Electricidad en las Cercas Bajas, sin ningún disimulo ante el espanto de los vecinos, entre ellos mi madre Blanca Oar que vivía allí. Claro que para eso Oriol era dueño de la mitad de Iberduero. (No se puede ya hablar con mi madre) A Oriol le agradeció la ayuda Franco, bautizando con su “O” de Oriol junto a la “G” de Goicoechea (el ingeniero traidor de Cinturón de Hierro) al TALGO. Tren articulado Goicoechea Oriol, que los nacionalistas rebautizaron como, Traidores A Los Gudaris Oriol. Algunos “nobles” vitorianos, buscaron refugio en la ciudad de sus mayores alaveses, quienes conservaban sus palacios en la parte vieja, pero el contacto con la humilde vecindad les hizo luego preferir vivir en la Calle Dato o San Antonio “primun inter pares”. Y sí que tenían plateas en el teatro y, por sus cargos en las Juntas Parroquiales, asientos de primera fila en las funciones religiosas; asientos que se llamaban “de la Junta de Fábrica”, me imagino que en recuerdo a los benefactores de la construcción y sufragio de las obras de mantenimiento del templo. Los “nobles” antiguos y advenedizos, fueron los primeros en practicar deportes muy ingleses. Jugaban al golf en Lakua o al tenis en el Club de la Senda, el que se cerró por falta de liquidez, como ya he dicho, con escapadas periódicas a Jolaseta en Neguri o a Zarautz o a las carreras de Lasarte. 

CAP. 5: LA IGLESIA JERÁRQUICA:

Los obispos de la Diócesis Vasca, residían en Vitoria, y eran nombrados a dedo por Franco de una terna de tres que proponía Roma, a su vez a propuesta del Arzobispo previa consulta al Nuncio. Daban, como cabía esperar, muy poco juego. Apenas salían del Palacio de Monte hermoso en la cúspide la colina vitoriana, donde José Napoleón se ligara a la Marquesa…de Montehermoso claro. Estos obispos foráneos impuestos, nunca se integraron con la ciudad, con sus feligreses y menos con los curas jóvenes y profesores del Seminario. Franco acabó dividiendo la diócesis vasca en tres, pero no pudo acabar con la “confabulación seminario cristiano social” que siguió funcionando en los otros seminarios vascos. Desde luego era bastante ridículo ver a aquellos gordos purpurados, bajándose del Mercedes y dejándose besar un grueso anillo granate, por encima del guante. Nada más bajar del coche algún cura, con gestos de sumiso pelota, le acercaba el báculo que oscilaba en proboscídea marcha con la mano izquierda mientras con la derecha repartía bendiciones. Y todos absortos, casi mirando al suelo fijamente y al obispo de reojo. Hubo uno, Peralta Villabriga, Capellán Nacional de la Sección Femenina de Falange, que no se fiaban de los profesionales de Vitoria y encargó las dos últimas parroquias a arquitectos de fuera, aunque las reparaciones y restauraciones de docenas de iglesias de los pueblos las hiciera mi padre Emilio con gran mimo y satisfacción…gratis. Y lo de no fiarse de los profesionales de Vitoria no lo digo por mi padre, ni por mí, que luego fui médico, porque hubo otro obispo poco más tarde, monseñor Peralta Villabriga en 1968, cuyo apego y desconfianza con sus diocesanos llegó a tal extremo que el obispo se iba a Zaragoza, su pueblo, no sólo al médico, (con las radiografías sacadas en el Santiago sino que hasta para cortarse el pelo). Era muy “carca”, no apoyó ni asistió el Congreso del románico en Álava asistió al Congreso sobre iglesias románicas en Álava, porque decía que nuestro románico era pobre, pero si acudía a los desfiles del campamento militar de Araca. De los mejores,-que luego llegó a Arzobispo de Sevilla-, fue Bueno Monreal, que subió en 1950 a pie al monte Zaldiaran para inaugurar la cruz porque ya había subido en Pirineos a más de un “dos mil”. No subió sin embargo, a la inauguración de la Cruz en el monte Olarizu, en recuerdo de “Las Misiones”, en 1951, sufragada por subscripción popular porque no hubo inauguración. El motivo fue que el gobernador, el elocuente, agraciado y abogado profesor de derecho en Zaragoza, el que cobraba comisión a los “del aceite” (y mandaba su coche a por dos pasteles de Olaguibel a San Prudencio) Don Luis Martín Ballesteros, para apuntarse un tanto, politizó la cruz exigiendo poner una lápida en ella en homenaje a los “Sacerdotes caídos por Dios y por España”. Pero sobre este entuerto diré algo más al referirme a los vencidos... 
En esa Santa Misión, con catorce años y en las predicaciones de la mañana a las 6, antes de entrar al trabajo unos y al colegio otros, me enteré en una plática de madrugada (a las 6 a.m.) que las relaciones con mujeres no eran lícitas hasta después del matrimonio cristiano. Yo no tenía ni idea de qué iba aquello pero por si acaso tampoco pregunté. Si que pregunté, al tener que aprenderme de memoria ”La Apologética” de nuestro canónigo Tabor, que era de aquello de que Jesús salió del vientre de la Virgen como la luz pasa por un cristal sin romperlo ni mancharlo“(sic). Me dijeron que era pequeño para entenderlo y así lo asumí. Y es que nos decían barbaridades como cuando nos preparaban para la Primera Comunión y nos explicaban cómo a un niño que no se recogió suficientemente en la acción de gracias después de comulgar, un hereje sacrílego lo esperó en el pórtico, lo mató y le sacó la hostia para hacer misas negras… Como cuando en los obligatorios Ejercicios Espirituales, preparándote para la confesión general te metían miedo en el cuerpo con lo del infierno y que no era garantía de salvación llevar escapulario porque “Pepito de Mentigutxia”, hijo de una de las mejores familias de Bilbao, se fue a bañar al río en pecado mortal y se ahogó con tan mala suerte que se le enganchó el escapulario en una rama del fondo y falleció sin él. Con todo, y a pesar de esto, uno de cada diez de los alumnos, acababa, de momento, en el seminario. Y no se salieron de curas hasta cumplidos los cuarenta. Unos para casarse, otros a misiones como seglares y todos haciendo mucho bien, como Jesús de Nazaret, entre los más desfavorecidos y los “vencidos”. Como hacen los pocos, pero buenos, que salen ahora. ¿Uno al año? 

CAP. 6: LOS VICTORIOSOS:

 La indeleble moderación de los vitorianos hizo que sin grandes represiones, aparte de las mencionadas, y entrados en los cincuenta tampoco los vencedores se aprovecharan. Algunos, como los Viana, hasta escondieron en su casa y protegieron a nacionalistas destacados como Javier Landaburu. Vicepresidente luego del Gobierno Vasco en el Exilio, con José Antonio Aguirre. Los militares iban casi siempre de uniforme, hasta a dar clase de gimnasia al los colegios, porque eran los únicos titulados, por la Academia de Toledo, hasta que los falangistas a fines de los cincuenta, también formaran monitores en la Escuela de Mandos San Fernando de Madrid. Ambos destaca en las galas militares, civiles o religiosas como como el 18 de julio, el desfile de la Victoria o la procesión de Corpus Christi, con sable, condecoraciones y guante blanco los militares y chaqueta blanca, con botones dorados y charretera bordada, camisa azul, corbata negra y faja roja los civiles. Atuendos con los que también posaban para Franco, por si este paraba camino de San Sebastián. Los oficiales tenían ordenanzas, soldaditos del cupo, para hacerles los recados y llevar los niños al Colegio. También tenían sus economatos donde proveerse modestamente de pequeñas cantidades de comida y ropa que los civiles recibíamos a través de la cartilla de racionamiento o de estraperlo, a precios terribles. Así un litro de aceite valía cien pesetas que era el sueldo de una criada interna… ¡¡al mes!! Nuestra ignorancia de aquella escasez era tal que un primo mío, un poco corto, preguntó un día cándidamente a su madre… ¡Oye mamá! ¿Y cuando no había racionamiento que comíais? ¡Pues si no había pan que comieran galletas! No éramos conscientes de la escasez de cosas como el tabaco. Mi padre “arrampló” con las cartillas de seis familiares no fumadores y allí que se presentaba en el estanco con las seis cartillas. El racionamiento de acabó en 1953. Los militares victoriosos fueron honrados y austeros. No conozco ninguno que se hiciera rico y sí bastantes civiles en la construcción y metalúrgica. Concretamente, decía mi padre que como no había hierro, Juan Arregui compraba “au bone marché” hierro e intermediarios de barcos de desguace y gana miles de pesetas diarias cuando a nosotros nos daba clase particular de matemáticas y física en casa un capitán de artillería por 200 ó 300 pts al mes. En los cincuenta dirigidos por el comandante Esteban los militares construyeron para todos los vitorianos la “Sociedad Deportiva Vitoriana Militar”, tras el cementerio, que nosotros llamábamos “la vitoriana” a secas, donde se celebraron los primeros concursos hípicos. De lo que ya hablo en otra parte Los medios eran mínimos un cronómetro del capitán Ibarra y los efectos especiales, una campaña y un tocadiscos de cuerda, porque no había corriente”, con tres discos de 78 revoluciones, a cargo del cabo Julio Irazusta Apraiz. Todos los jinetes eran militares menos los Goyoaga, que fueron olímpicos, y una amazona de Vitoria, la Srta. Jaén, cuyo nombre no recuerdo, que montó una yegua negra vieja prestada por el cuartel de su padre, con la que a penas pudo trotar por el circuito a pesar de azuzarla continuamente por detrás un par de “guripas”. Con todo se ganó la mayor ovación de la competición. Por cierto que fue la primera vez en Vitoria desde la guerra que hubo apuestas. En verano pasaban Franco y Arrese, arquitecto compañero de mi padre, por la calle de Postas camino de San Sebastián calle que protegían con tiradores de la guardia civil desde balcones y tejados previamente inspeccionadas las casas. Los vitorianos residentes a su paso teníamos obligación de adornar los balcones con la bandera nacional. En nuestra casa nunca se hizo y sí que teníamos bandera que, mal hecho, se usaba para proteger el suelo y los muebles cuando venían los pintores. Con regocijo de los mismos. La mujer de Franco, Doña Carmen Polo solía venir a los toros de las Fiestas de La Blanca. Alojándose en la Calle de San Prudencio, donde en casa de una amiga, adinerada bilbaína, apellidada Arístegui, encima de la joyería Anítua, que eran de los vencidos. La Sra. de Aristegui “invitó” a Doña Carmen a bajar la joyería y al taller de costura de Doña Luisa Viteri, afamada modista también en la misma calle Dato, como quien le lleva de “pintxo-pote” gratis. El rumor sobre la invitación se filtró, creando “alarma gremial” entre los comerciantes y como Doña Carmen no tenía un pelo de tonta declinó la tentadora invitación y no hubo nada. Estaban también los jefecillos de falange y sindicatos que daban clase de Formación del Espíritu Nacional en los colegios y organizaban los Campamentos del Frente de Juventudes a los que era en teoría obligado ir. Nosotros nunca fuimos y no pasó nada De lo que no nos escapamos, en los “marias” al menos, fue de arriar bandera al final de las clases, al son de canciones patrióticas, culminándose el acto, mano en alto a lo “fascino”, con los gritos de - ¡España…Una!, a lo que desde un sector obstinado contestó una vez, ¡Turquía cero!.  Luego venía lo de Grande, Libre y Arriba España. Conozco críos, de ocho o diez años, de familias nacionalistas como Carlos Erástegui o Roberto Aranzabal a quienes les tocó lanzar los gritos de rigor. Los indisciplinados se pasaron hasta la noche castigados dando vueltas a la verja en elipse que protegía el jardín de nuestra Virgen del Pilar. Esto del himno y la bandera se veía desde “nuestro lado” como un INRI, pero la verdad es que en los libérrimos EEUU se hace eso mismo a diario, claro que lo de los EEUU es un siglo y pico después de su Guerra Civil y lo nuestro era muy reciente. El Frente de Juventudes nos obligaba a ir en verano a campamentos suyos en Oro o Saturarán, no se si vestidos de “flechas”. Las familias mandaban a los hijos por miedo. Nosotros nunca fuimos y no pasó nada. A mis padres, en 1953, hasta les dieron pasaporte para ir a Paris a ver el “Francia España” de futbol, presentando la entrada a la vuelta en comisaria. La mayoría de las hijas de este sector victorioso, iban al colegio a las Ursulinas, las de los nacionalistas a las Mercedarias de Bérriz (que eran vascas vizcaínas). Los hijos de los victoriosos y los burgueses acomodados de Vitoria íbamos como he dicho antes, a los “Marias”, donde acudían desde Neguri los hijos de los Churruca, Gandarias, Castellanos, Chavarri, Aznar o Arbaizar. Sus padres bajaban desde Neguri a visitarlos los fines de semana con espléndidos coches americanos. El más botito era la furgoneta, tipo rubia, de los Churruca. Roja de carrocería y de madera barnizada en claro. Este grupo de internos era llevado obligatoriamente al fútbol a Mendizorrotza e indefectiblemente se ponían de parte del equipo contrario fuera cual fuera. Por eso mi hermano yo para fastidiarles éramos del Barcelona. Como, según A. Ribera el “vitorianismo” creara “antibilbainismo” (“El vitorianismo” A. Ribera, DFA. 1990) Los “vencedores” que integraron las corporaciones además de honrados fueron eficientes. Conocían su pueblo y su provincia y con la ventaja de haber mantenido, por no ser provincia traidora, el Concierto Económico y la del desbordamiento de nuestros vecinos vascos. Con estos dos ases en la manga, concierto e inmigración, nuestras autoridades municipales y provinciales, emanadas de la burguesía adicta, hicieron un trabajo excelente y muy honesto. Sólo el Gobernador Ballesteros se pringó, recaudando impuestos inexistentes (como el del aceite) con lo que construiría grandes frigoríficos de fruta en Lérida. Don Luis Ballesteros, queda dicho, que era guapo, listo, abogado y hablaba tan bien como se aprovechaba de su cargo, llegó a hacer ridiculeces como mandar un chófer en coche del PMM (oficialmente “Parque Móvil Ministerial” y según otros “Para Mi Mujer”) desde la calle Olaguibel a la de San Prudencio por un par de pasteles. Sus chanchullos se destaparon cuando le sucedió Antonio Rueda Sánchez Malo, que rechazó los sobornos, al que los vitorianos le llamaban “biscuter” por lo de rueda y malo. Aunque era tan eficiente como honesto. Lo que sí dominaba y controlaba “el Régimen” eran la radio, prensa, espectáculos y reuniones de más de tres personas. Tenían informadores en todos los sitios, que en las sociedades recreativas formaban parte de las juntas. Sabían quienes íbamos a clase de euskera y según le dijo el gobernador a mi padre. “Hasta el número de garbanzos que Vd. come”. La misa favorita de este sector era la de doce de San Miguel, (ahora la de una en La Capilla del Prado) iglesia a la que accedían como en San Vicente o San Pedro por las puertas sur, junto con la alta burguesía como hemos dicho, mientras que los feligreses pobres de la parte vieja entraban por las del norte. Tenían asientos reservados a perpetuidad en todos los espectáculos y como Club Social usaban el mencionado Tenis Club de la Senda, aunque los más “rancios” iban a “La Peña España”, a la derecha, cómo no, del edificio de correos. Sólo algún desalmado, como el policía Bruno Apodaca, siguió en los cincuenta torturando “rojos” en el gimnasio de la policía armada al final de la calle Correría, junto a las duchas públicas. La impunidad era tal que tras el “interrogatorio” en el gimnasio, traían de nuevo a la cárcel de Postas el preso a pie. Andoni Urrestarazu, “Umandi”, medía poco más de metro y medio y sus facultades eran las de un investigador. A mi me dio clandestinamente en su casa de San Antonio 38 clases de euskera el verano de 1950. Aquella noche cuando tras ser apaleado lo traían empujones del mencionado gimnasio, a la altura del cruce de Dato con Postas, se encontraron con gente que salía de la última sesión de cine, la dé las diez y media. Andoni se echo a correr y refugió arrojándose en los brazos de los atónitos noctámbulos, que no pudieron hacer otra cosa que contarlo. Andoni era también muy religioso, como todos los nacionalistas a quienes se enfrentaron los nacionales en la Santa Cruzada, y cuando lo devolvían de madrugada a la cárcel Andoni reunía a los otros presos nacionalistas y les pedía rezar juntos para que Dios perdonara a aquellos torturadores. Para Andoni Urrestarazu era pecado mentir, así que cuando le pedían nombres y ya no podía aguantar más golpes, recitaba una lista larga entre los que sí estaban los perseguidos así que no mentía. Como era un peligro para la seguridad del nacionalismo clandestino en cuando se pudo lo llevaron a Paris, de secretario de Aguirre y Landaburu. Allí, en 1955, me sacó una foto con el lehendakari. 
Bruno Apodaca, que se llevaba muy bien con “Zapatones”, el capellán de la cárcel que llevaba pistola y en una ocasión, dicen se le cayó al levantar las manos en el alzar, fue responsable directo de las pocas, aunque demasiadas, barbaridades que cometieron algunos vencedores en Vitoria en la posguerra. Apodaca hacia la lista de los que iban “a salir libres aquella noche. Hasta tal punto decidía que cuando las cárceles y conventos se desbordaron de detenidos y se utilizó la plaza de toros, cuando por la noche al despedirse unos decían. -Hasta mañana si Dios quiere. Y otros contestaban… -Hasta mañana si Bruno Apodaca quiere. 
Las listas “a fusilar” se confeccionaban en Dato 38, en casa de los P……. .Luego en el Packard de los C….. se les recogía por sus casas. 
En una de éstas listas apareció mi tío Julián Aguirre, que era bastante “meapilas”. Zapatones advirtió. -¡A éste no!, que es de la “Adoración Nocturna”.  Pues qué bien ¿No? Mi madre lo vio en pleno recogimiento después de comulgar en un banco de Las Reparadoras y sólo se cruzaron las miradas. Nunca se excusó, que se sepa, ni sabemos si una persona tan piadosa se confesaría con “Zapatones” al final de sus crímenes. Lo que sí que confesaba abiertamente es que dormía mal; porque tenía pesadillas en las que se le aparecían sus víctimas, como las fusiladas el 26 de abril de 1937 en las cunetas de Azáceta, eso sí, confesadas antes por Don Primitivo Ibañez, alias “Zapatones” que les acompañaba desde la cárcel, cuando “salían libres” camino de la cuneta. Allí les bendecía y daba a besar el escapulario. Luego Bruno Apodaca, acudía a aclarar a la familia del fusilado, cómo su padre, hijo, hermano o esposo había muerto santamente, por efectos colaterales que llaman ahora, de la Santa Cruzada. A los “vencedores”, o no dudosos de afección al régimen, se les repartió, por orden gubernativa, direcciones de Cajas de Ahorros, cooperativas, institutos como el alavés de la patata, y la dirección de los medios de difusión. No se podía ser presidente de un club deportivo sin el “Ok” del gobernador. Lo que creó algunas dificultades como las que tuvo la Sociedad Manuel Iradier que, en 1949, vio rechazados su tres primeros candidatos, hasta que aceptó la presidencia el benemérito comandante Mendivil que no sabía nada de montañismo y que aparece en la foto de la excursión inaugural en la cima del monte Toloño, con traje y corbata. 

Los medios de difusión menor también estaban controlados. Hasta las revistas deportivas, culturales o religiosas. Los importantes como el periódico local “El Pensamiento Alavés” o la Radio Vitoria EAJ 62, de la Caja de Ahorros, por supuesto. Esta radio Viloria, se trasladó en 1950 de la Calle Prudencio María de Verastegui a Olaguibel 6, donde se creó una moderna una instalación multiusos para la radio comunicada por un gran cristal escaparate con el salón de exposiciones, conferencias y proyecciones. En estas instalaciones que dirigía Carlos Pérez Echevarría alias “Altamira”, se estrenó, sólo “a prueba”, o sea sin haberlo pagado, una grabadora de hilo magnetofónico, para grabar una conferencia “Anecdotario vitoriano” que daba mi padre Emilio. El tal hilo, que no cinta, era una lata porque no tenía “rewind”, o sea marcha atrás rápida, y hubo que esperar más de una hora a que volviera la cinta “a su ritmo de grabación” al principio para cerciorarse de que funcionaba. Se nos pasó la paella pero el trasto funcionó con gran satisfacción del director de la Caja de Ahorros, dueña del local, Don Vicente Botella Altube. Presenció todo el experimento el correspondiente censor que quedó más que satisfecho al garantizarle que, a partir de entonces, si quería, le telefonearían la cinta al Gobernador. En estas mismas instalaciones multiuso, proyectó el Club Alpino Alavés unas películas de difusión de deportes de invierno en la que aparecían los esquiadores del Regimiento de Montaña de Jaca. Al sucederse en la exhibición algunas caídas, parte del público se rió. El omnipresente censor, luego se supo que era un oficial militar, mandó parar la proyección, dijo a gritos que nadie se reía del Ejército y amenazó con proponer al club para una ejemplar multa; cosa que sensatamente no ocurrió. Y es que estaba todo controlado desde la estación del ferrocarril a la de radio porque en la del tren estando una amiga nuestra, de indudable afección al régimen, esperando en el anden, se sintió acosada por un señor que le seguía por lo que se dirigió a la pareja de la Policía Armada allí de guardia en petición de auxilio. Pues héteme que al tal señor era un policía secreta y todos, los cuatro acabaron en comisaría, donde se levantó atestado de que nuestra amiga llevaba un paraguas con los colores de la república y que por eso la seguía en el andén el “secreta”. La la estación de Radio Álava la dirigía la mencionada y gran persona doctor Rafael Gutiérrez, instalada en la Estación de Autobuses en la Calle Francia, tuvo poca aceptación y cerró en los 70. 

A VERLAS VENIR:

 Así era la Vitoria de los cincuenta con 60.000 habitantes, cuadriculada, limpia, tolerante, pausada y fría como su viento norte. Donde decía mi tío Ricardo, historiador, desterrado y cronista de toros “Licenciado rompe lanzas”, que con el último toro de la Blanca, el ocho de agosto, salía el invierno. Una Vitoria que, tras las algaradas de fines del XIX y la guerra incivil, seguía sesteando como la Vetusta de Clarín, hasta que, primero del valle del Deva industrias medianas como Forjas, Gabilondo, Arregui, Exaltaciones, o BH y luego de Alemania y Francia de industrias grandes como KB (antes IMOSA, luego Mevosa, y ahora Mercedes y Daimler Chrysler) y Michelin se instalaran en Vitoria. Entonces se necesitaron de miles de pares de manos de obra, doblándose la población de Vitoria en diez años y triplicándola en cuarenta. Además, tal era la falta de “brazos” que sin preparación alguna, se podía acceder desde el campesinado a la fábrica y de ahí nació aquello de que “el que vale, vale y el que no a la De Ka uVe”. Hubo pueblos como el de Brozas, en Extremadura, que se trasladaron enteros con el ayuntamiento en pleno, trayéndose el sello del consistorio con el que daban la baja del padrón en un Bar de Zaramaga. Pero esa es otra Vitoria y esa es otra historia, que me recuerda, como digo, a la venida de inmigrantes a Vitoria con motivo de las obras de la catedral en 1893 y a los de los anarquistas de la Azucarera de antaño. (Ver “Vitorianismo” de A. Ribera) Para mejorar esa Vitoria-Gasteiz, “inmigrantes” obreros lucharon por demandas laborales, ahí no estaba ETA, y cinco murieron en los asesinatos del 3 de marzo de 1976, cuando ya no estaba Franco pero sí Suarez de presidente, con Fraga de primero  y Martin Villa de segundo ayudante. Pero esa es otra historia que narro, como testigo médico, en el capitulo X de mi novela “Hospital Provincial”

BIOGRAFÍA DEL JOSE ANTONIO DE APRAIZ OAR  (Vitoria, 20-1-1938)

Como deportista gana-records:   Empezó ya con  títulos nacionales escolares en altura y longitud en 1955, medalla de bronce en los Juegos de la FISEC (Trier, Alemania), 52 récords de Álava en 12 pruebas diferentes entre 1954 y 1961, 10 campeonatos de España, récord de jabalina (54,16 m en 1960 en Barcelona que no fue batido nunca ya que seguía en el palmarés al cambiarse de modelo en 1986), récord de salto de longitud (7,07 en septiembre de 1961 que no fue batido hasta julio de 2007 por Fernando Campo con 7,22, récord de España absoluto de pentathlon que duró hasta 1967, aunque como récord alavés sigue en vigor y otros cuantos records que pasaron décadas sin que nadie los batiera (200 metros 23.0 desde 1959 hasta 1981, triple salto 13,58 desde 1959 hasta 1982 y decathlon 5.165 -tabla 1952, traducción 5.716 por tabla 1985- desde 1960 hasta 1995, o sea 35 años). Todo ello le supuso conseguir la Medalla de Plata al Mérito Deportivo. (Fuente Auñamedi Enziklopedia)

Tras retirarse del ámbito deportivo en 1962 se doctoró en medicina y ahí siguió su gran plamarés, esta vez como cirujano, en EEUU y luego en Vitoria, Hospital de Santiago, hasta su jubilación):


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2 comentarios en «LA SOCIEDAD VITORIANA DE LOS CINCUENTA»

  1. He disfrutado mucho con la lectura de este relato de José Antonio Apraiz, a quien conozco desde hace tiempo y me precio de su amistad.
    Reconozco a muchos personajes y familias y me han impresionados algunos detalles de lo que ocurría en la Vitoria de la post guerra “incivil”.

    Muchas gracias!

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